Euskal Memoriako blogak

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El paisaje que nos recuerda

2017-10-02

Angel Rekalde - Nabarralde

Decía Joan Nogué que somos paisaje. Se refería a que nos relacionamos con el entorno en que vivimos de una manera más íntima de lo que creemos. No es un mero escenario de nuestra existencia, sino un sistema de lugares que nos impregnan. Que nos dan sentido, emoción, referencia. Una parte esencial de la vivencia que de ellos pasa a nuestra memoria.

En sí el paisaje es suelo, población e historia. Si lo observamos en su materialidad más prosaica, descubrimos el trabajo de siglos de una gente que lo ocupa con su modo de vida, que lo construye con su esfuerzo, su mentalidad y también con su percepción. Porque uno de los atributos principales del paisaje es su condición de ser percibido. Y en ello el paisaje se viste de la cultura de la sociedad que lo crea. Es, pues, el resultado de las andanzas de generaciones que lo han tallado con sus rebaños, sus picos y palas, sus oficios, sus campos, sus casas y fábricas, sus puentes, sus árboles, los caminos que lo recorren y le dan ángulos y rincones, panoramas y espacios que nos sobrecogen con la mirada, que alimentan nuestra vinculación al mundo real, a cada momento y experiencia, con el sonido de las palabras que lo nombran, la toponimia que lo sitúa, que lo humaniza y narra... El paisaje, en definitiva, es parte del relato de nuestras vidas, geografía de una población, producto de su quehacer, su impronta, y sentimiento de su presencia.

Es natural, pues, que ese paisaje que somos sea un elemento básico de la transmisión de la memoria. Que sea un ‘lugar de memoria’ en sí mismo, monumento de lo que fue y documento que lo demuestra. Las Bardenas, la montaña pirenaica, campos de trigo o alfalfa, la costa, un puente de hierro o de piedra, una fábrica, una cantera...

Ruinas del castillo de Beloaga en las peñas de Arkale, Oiartzun.

Nabarralde trabaja en la realización de un documental sobre el castillo de Beloaga, en Oiartzun, uno de esos sitios del paisaje que nos recuerda. Las ruinas de la fortaleza se levantan sobre las peñas de Arkale, justo al lado del camino de Santiago que vigilaba, que a sus pies se bifurca en dos vías principales, la que seguía el sendero de la costa, y la que a través de Astigarraga tomaba la senda del valle del Oria y se acercaba al túnel de San Adrián. La documentación nos detalla que este castillo roquero de origen vascón, perteneciente a Navarra, fue ocupado por Castilla en la invasión de 1200 (según nos cuenta Jiménez de Rada). Su historia se documenta en otros episodios, a modo de inventario: órdenes (no muy claras) de asalto, de derribo, rebeliones de señores que se atrincheran, escaramuzas en las guerras carlistas... Hasta llegar al siglo XX, en que las autoridades franquistas instalan varios batallones de esclavos para excavar en la misma peña un ‘Observatorio’, una posición desde la que se coordinaba la red de bunkers de la zona, junto a la frontera del Bidasoa. Lugar estratégico para la guerra, para mercaderes y caminantes, para la mirada.

Una asociación local ha emprendido un proyecto de rehabilitación de las ruinas, para recuperarlas, para recomponer su capacidad de transmisión de recuerdos e historia. Para que se conozca; que se visite; para que se reviva su pasado medieval, su carácter de documento del territorio navarro independiente; las penalidades de la represión franquista; para que se conozca su valor de paisaje, sentimiento y memoria. ‚óŹ

 

P.D.: Los días 20 y 21 de octubre se organiza en Iruñea un simposio sobre Paisaje y globalización. En esta época de convulsiones planetarias, ¿cómo afrontamos la transmisión de nuestro legado, nuestra cultura, lengua, memoria... en medio de fuerzas que nos globalizan? Es un reto importante.